Cuatro días en la tierra de Dios

Luis Miguel y Charo Marrakech

NOTICIA DE J.ALBO11/04/2013
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Cuatro días en la tierra de Dios

Junto a la mezquita Kutubia, muy parecida a La Giralda. :: L.R.

Me sorprendió que a tan pocos kilómetros de Occidente pueda haber culturas tan distintas y una diferencia tan grande entre formas de pensamiento». Es una de las muchas impresiones que el calceatense Luis Miguel Alonso se trajo de vuelta a España tras el periplo de cuatro días que realizó a finales de enero por la ciudad de Marrakech, acompañado de su esposa, Charo Alonso.

La presencia allí de su cuñado y hermano, respectivamente, el reputado cocinero Ismael Alonso, mano derecha de Sergi Arola, que se encuentra en el 'país alauí' montando un 'riad (hotel de lujo), fue la «excusa» perfecta para conocer la 'tierra de Dios', una de las principales ciudades de Marruecos. Y no les defraudó.

«Boquiabierto» es, quizá, la mejor palabra con la que Luis Miguel describe su estancia, por muchas cuestiones. Nada más pisar Marrakech les sorprendió su aeropuerto, «pequeño pero coqueto y lleno de aviones privados». Después llamó poderosamente su atención la incesante actividad que reinaba en la plaza de Djemma el Fna -«tiene vida las veinticuatro horas del día»- y, sobre todo, en el zoco. «Calles estrechas, montones de gente que vende de todo. Es un agobio pero ni te tocan y la verdad es que la sensación de seguridad es total, porque hay mucha policía». Y resume: «La locura del zoco es impresionante».

Impresionante. Un adjetivo que les acompañó durante buena parte de su visita y que Luis Miguel aplica, también, a las grandes avenidas de la ciudad moderna, a las angostas en exceso de la vieja urbe -por una se aventuraron en un taxi hasta que el conductor dijo que ya no se podía avanzar mas, de la gente que había-, o a muchos de los edificios que se reparten por la zona de las mezquitas, La Medina o La Madrasa de Ben Youssef, último vestigio de la antigua ciudad de los almohavides, destruida por los almohades.

Marrakech -cuenta Luis Miguel- es una ciudad en la que no hace falta saber idiomas. «Ellos te entienden perfectamente», bromea. También es una urbe cara para el turista, que debe exprimir el regateo al máximo, y donde la comida -siempre cuestión de gustos- se llena de verdura y cordero en los platos y de eufemismos en la opinión del calceatense al respecto: «diferente», «supongo que llegas a acostumbrarte»... Pero de lo que no hay duda es de que Marrakech les dejó muy buen sabor de boca.

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